31 dic 2012

3º Medicina.


Tercer curso finiquitado. Comenzó pareciendo algo imposible, duro, inalcanzable…y ahora lo considero como el reto mejor superado hasta entonces. Han sido momentos difíciles, despiadados, incómodos…que se denotan más cuando más decaída te encuentras y con menos fuerzas tienes dentro de ti. Pero te paras a pensar conscientemente y te das cuenta que estás en aquello que siempre has deseado, lo que tu vocación te ha susurrado siempre al oído.

Impulso, energía, resistencia, esfuerzo y sobre todo, mucha confianza en uno mismo. Sin confianza, no se llega a ningún lado. Momentos de angustia que hoy en día los convierto en satisfacción y felicidad.

Pero lo que más me importa en esos duros momentos, es el apoyo de la gente que me rodea, que sin duda, no la cambio por nada ni por nadie. Miradas, sonrisas, confidencias, “motes de biblioteca” y sobre todo, un poco de descaro, que sin eso, no somos nosotros mismos. Sin vosotros sinceramente, no sé si tendría el dominio para seguir con esto.

Despedidas por un lado que se convierten en encuentros por otro. Lágrimas de extraño por lágrimas de disfrutar de lo que viene.

Para el que dijo “El tercer año es el más difícil sin duda” no le quito lar razón, pero gracias a todos, se me ha hecho mucho más ameno. Hasta siempre 3º y a vosotros que me habéis acompañado en este curso y que lo haréis en los siguientes, a recargar energía para reencontrarnos con más entusiasmo dentro de unos meses.  

En una sola palabra: Medicina.


16.10.12

Hoy, mi último día con 20 años, quizás me haya realizado un poco más como persona: tan simple como estar tan solo 2 horas de prácticas en una planta de radiología. Ver a niños realmente enfermos que luchan por seguir adelante,a pesar de su corta e inocente edad.
Te ven joven y con esa bata blanca que tanto les impone. En un principio entran con miedo, aterrorizados por lo que esas personas les puedan hacer. Al cabo de unos minutos, cuando se dan cuenta de que nada ni nadie les va a hacer daño, investigan esas máquinas tan grandes, moviéndose y tratándolas como si fueran un juguete más.
Te miran con la mayor ilusión posible en sus ojos y mientras tanto, tu corazón se estremece y te entran ganas de llorar al ver esa gran fuerza de voluntad que están mostrando no compatible con su infancia. Pero tienes que seguir adelante, es lo que te va a esperar a partir de ahora, ver personas que sufren y luchan al máximo por lo que quieren.
En un principio será duro, y lo está siendo, pero llegará un momento en el que tendrás que inmunizarte ante todo y hacer lo que más deseas: ayudar a los demás en todo lo que fuera posible, con toda la humildad y profesionalidad...En una sola palabra: Medicina.

Autobús.


Si comparamos un simple autobús urbano con la vida, te pones a pensar, y la verdad se parecen tanto que hasta parece tonto imaginárselo.

La paradoja es la siguiente:

En un autobús se monta todo tipo de gente: neonatos, niños pequeños, adolescentes, gente cuarentona por así decirlo y ancianos entre otros.

Si no tienes nada que hacer mientras te recorres tu ciudad en autobús para llegar a tu destino, puedes pararte y entretenerte observando a cada persona; te encuentras sensaciones de todo tipo: rostros de tristeza, soledad, angustia, la felicidad imparable de los pequeños, la alegría y ganas de vivir de otros, la ignorancia o estupidez, o simplemente, el pasotismo.

Y sí, de todos esos sustantivos abstractos está la vida llena.

El incitarme a escribir este texto se me ocurrió viajando en un autobús, parece tonto, pero me motivó a hacerlo.

Si experimentas tristeza o soledad, puedes pasar el tiempo subiéndote en uno y mirando a tu alrededor, a la gente y a los paisajes. Puedes consolarte sabiendo que si observas puedes ver a gente que se encuentra en una situación quizás peor que la tuya.

Y en ocasiones, mas que nada por experiencia propia, te escabulles detrás de unas simples gafas de sol mientras sientes que una auténtica soledad se apodera de ti y simultáneamente se derraman unas cuantas lágrimas por tu cara, mientras ninguno de los pasajeros del autobús se cosca de lo que te ocurre.

Y de ese modo se encuentran miles de personas tanto en la vida misma como subidas en un mero autobús. Quizás vosotros lo experimentéis algún día si es que aún no lo habéis hecho.




De 0 a 100.


Pasar de 0 a 100 en milésimas de segundo, de blanco a negro, o lo que es lo mismo, estar en lo alto de la cima y sentirte ahora en territorio subterráneo. Sí, soy una persona de emociones fuertes ¿Y qué? He nacido así y no creo que nada ni nadie me haga cambiar. ¿Motivos? Inexplicables. Quizás sean cosas que estén dormidas en tu subconsciente y que de buenas a primeras despierten y tengan ganas de dar por saco y tú, como buena tonta, les haces caso.

En ocasiones me gusta y en otras no. Me gusta porque cuando estoy en lo alto de todo, nadie es capaz de achicarme. Me creo la dueña más absoluta de mi vida y la que puede hacer todo lo que se proponga. La que tiene el don de sacarle una sonrisa a cualquiera, de reír, de bailar y cantar por la calle, de hacer el tonto en cualquier lugar y siempre con ganas de disfrutar al máximo del momento.

No me gusta porque puedo llegar a ser la persona más solitaria que exista y que se aísle tanto dentro de sí misma que no quiere que nadie más se involucre. Necesidad de estar aislada y pensar en todo aquello que te pueda incomodar, que te haga ser insegura, de las dificultades que se te han puesto por delante del camino y crearte esa armadura a la cual nadie puede acceder. Lo reconozco y no tengo miedo a ello.

Personas que te hablan e intentan darte una palabra de esperanza o de alivio, de ánimo…y tú lo agradeces, pero aún así nada tiene valor. Lo único que te sienta bien en esos momentos es llorar, desahogarte escondida en el baño o como en este caso estoy haciendo, intentar plasmar en este Word todo lo que se me pase de cabeza.

Y en estos momentos es cuando empiezas a extrañar a personas...personas que siguen en tu vida pero lejos de ti y otras personas, que por el contrario, se fueron hace tiempo. Estar alejada de tu familia es algo muy difícil, o al menos, para mí. Ahora es cuando me apetecería estar al lado de mi madre, en la cocina, aunque solo sea mirándola y viendo lo que está preparando de cena, que me cuente lo que ha hecho hoy y lo que no, que me pregunte como me van los estudios…o simplemente, que me diga “Abrígate que hace frío”. Son palabras que por muy repetitivas que sean, nunca me cansaré de escucharlas porque el día que no lo haga, me preocuparé.

Probablemente para dentro de un rato o para mañana, ya se me haya pasado este momento de “bajón”, pero sin estos momentos, no sería yo. No tengo ganas de poner buena cara ni de disimular.